13 de julio de 2024

Carúpano/Opinión || El viernes tres de noviembre, un día como cualquier otro en mi vida, me llevó a una extraña realidad que, aunque no es mía tampoco me es ajena. Mientras tomaba unos tragos junto a unos amigos, en un horario para nada infantil, escuché una voz que me dijo: «señor me podrá ayudar comprándome unos caramelos». Al subir la mirada noté a un niño no mayor de unos diez u once años, con el rostro cansado, algo sucio y con ropas no muy limpias, pero con voz suave y amable, quizás con algo de pena. Sin saber qué hacer y sabiendo que no tengo soluciones en mis manos, le dije con tono amable y respetuoso que no tenía para comprar caramelos. Él se retiró de inmediato.

Seguimos compartiendo y al momento se acercó una niña, su físico mostraba su edad de catorce años, en la misma acción, pidiendo que le compráramos unos caramelos. La historia se repitió, y se marchó enfadada por mi repuesta.

Esto me dejó pensativo en cuanto a mi forma de actuar con ellos. Me sentí algo mal por no comprar los caramelos. Me invadieron pensamientos positivos y negativos por mi actuación, pero en medio de mi meditación llego un tercer niño. Éste tendría algunos diez u once años. Me ofreció la misma mercancía, pero esta vez sí lo aborde. Hablé con él y le invité una bebida gaseosa. Le hice algunas preguntas, como su nombre y noté que llevaba una bolsa de un kilo de espaguetis y una mantequilla. Le pregunté para quién era eso y me dijo «para mí casa, para mi familia». Lo que me llevó a preguntar por sus padres y me dijo: «mamá es ama de casa, mi papá está desempleado y tengo dos hermanitos pequeños». Seguido esto, le pregunté cuántas bolsas de caramelos vendía y me dijo «vendo una diaria». También le pregunté: «por qué andas a esta hora tan tarde por la calle».  Y me dijo: «vendo los caramelos luego de salir del liceo. Estudio en el Liceo Metropolitano de El Muco y vivo allí cerca».

Casualidades de la vida, yo vivo también cerca. «Y cómo te vas», le pregunté. Y me dijo: «caminando». Eso me preocupó, por la hora, la oscuridad e inseguridad de las vías que tenía que transitar. A lo que le dije «ven con nosotros, te daremos la cola».

Sin pensarlo aceptó y se subió a nuestro auto. Charlamos unos minutos y al voltear a verlo se había quedado dormido. Lo desperté y le dije que me dijera dónde vivía y lo llevé justo detrás del Liceo Metropolitano de El Muco está una vía hacia un cerrito que sale a la vereda nueve de Charallave. Allí, al pie de esa cuesta lo dejé y lo vi alejarse corriendo hacia la cima, entre la alegría y el cansancio

Todo esto me dejó muy triste y pensativo sobre la vida de estos niños. La educación que reciben, la falta de padres a sus responsabilidades y los riesgos que viven ellos al tener este tipo de vivencias diarias para sobrevivir, sin poder vivir una infancia normal.

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calletacarigua.com

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