20 de octubre de 2021

Cuando Cerisola nos dejó a los negritos

Historias que entretienen

José Markanox

Las manos ásperas de Luís José Guilarte atenazaban firmemente dos trozos de madera, que servían de herramientas, para golpear con fuerza el bejuco que hacía de aro sobre la boca del tambor y tensar de esta forma empírica, el cuero. En un abrir y cerrar de ojos, el tambor de Yaguaraparo dejó en libertad su sonido con sabor a África; yo no sabía qué hacer, si cantar o bailar, pero ese impulso inicial se vio menguado cuando mis pensamientos surcaron los tiempos en la búsqueda de respuestas al fenómeno de la esclavitud en este lado del planeta.

El ilustre historiador carupanero J.L. Salcedo Bastardo afirma que fue Gerónimo de Ortal, hacia el año 1525, quien trajo los primeros esclavos, un centenar para ser preciso, por la zona costera de Paria. De esta primera avanzada, le siguieron otras que de alguna manera afectó la vida misma de la llamada Nueva Andalucía. Muchos conocemos el propósito de tan cruel negocio de trata humana como era la del trabajo en las haciendas de cacao y como servicio doméstico.

Tres siglos más tardes, luego de liberada Venezuela del dominio español, la guerra de independencia dejó un vacío en la economía venezolana que fue asumida por comerciantes venidos de otras tierras, es así como llegarían a Carúpano a partir de los 1830 migrantes franceses, en su mayoría corsos, que aprovecharon el auge del cacao en el oriente del país por el desplazamiento de este rubro por el auge del café. Fue tanto la prosperidad en la zona de Carúpano-paria y pueblos circunvecinos que, en la última década del siglo XIX, gozaban de establecimientos comerciales regentados por los Franceschi, Massiani, Figuera y Cerisola, entre otros.

Especial atención merecen los Cerisola, en esta historia que entretejo para ustedes en este momento. Y es que para el año 1893, esta distinguida familia carupanera de origen italiano, poseían la firma comercial de Gerónimo Cerisola, donde además funcionaba el consulado de España y México, en el cual el mismo Gerónimo fungía como cónsul.

Por otro lado, tres años más tarde en 1896, llegaría a Caracas, procedente de España, el escultor Ángel Cabré con su esposa y dos sus hijos, uno de los cuales Manuel Cabré heredaría la vena artística de su padre, siendo reconocido como el pintor de la montaña Avileña. Este escultor de origen español desarrollaría una labor pedagógica en la Academia de Bellas Artes, así como otras instituciones, compartiendo el tiempo con su taller de donde surgieron obras de artes que llegaron a ser reconocidas por la comunidad caraqueña de ese entonces. Hago también mención de estos datos porque servirán para reconstruir el relato que traigo a colación.

En estos tiempos, Carúpano gozaba de una sana economía basada en la producción cacaotera principalmente y los Cerisola formaban parte de este engranaje comercial que impulsó, aún más, su hijo Octavio Cerisola Ruiz, a través de la Casa Dorada en el año 1906 con la firma comercial de la familia Cerisola (Salazar, 1983). Dicho establecimiento se encontraba ubicado en la calle independencia la cual constituía la vía principal de esta ciudad portuaria.

Pero no solo se beneficiaba la ciudad de las bondades de la bonanza económica del momento, es que además alcanzó un elevado grado de cultivo de las artes. En este ambiente cultural Don Octavio Cerisola viaja a Caracas, a principios del siglo XX, logrando ponerse en contacto con Ángel Cabré a quien le encarga una talla muy particular, la de dos negritos africanos. Según la tradición oral, Cabré tomó como modelo a dos niños afrodescendientes que trabajaban en ese entonces en el seno de una distinguida familia caraqueña. Terminado el encargo, Don

Octavio los trae a Carúpano colocándolos en una de las ventanas que da a la calle independencia, en la Casa Dorada, donde se convertirían en referencia obligada para propios y extraños de la pujante ciudad. Cuenta la gente que su fama fue de tanto alcance que hasta formaron parte de una exposición realizada en la ciudad jardín, Maracay, con motivo de la apertura del parque “Jardín de las Delicias” del propio Juan Vicente Gómez.  

Es posible que los negritos de Cerisola inspirasen a cultores populares de los años 30 del siglo XX, tal es el caso de Pedrito Viña, quien fuera famoso en el pueblo por las diversiones pascuales que organizaba, por lo que es probable que representara a la pantomima callejera de los duendecillos “ chimi chimitos” basado en esta escultura artística de la época.

Con el correr del tiempo, el establecimiento comercial La Casa Dorada se cerró sus puertas y los Negritos de Cerisola, de nombre Pedro y Pablo, dejaron de sonreír al pueblo de Carúpano. La gente comenzó a preguntarse por su paradero, por lo que luego de diversas diligencias institucionales y de personalidades carupaneras lograron en común acuerdo, con los descendientes de la familia Cerisola, devolver a la ciudad a los negritos de la eterna sonrisa por lo que reposan hoy como centinelas de la historia local en el Ateneo de Carúpano.

Los negritos de Cerisola fueron esculpidos en madera de ébano, en magistral figuras que representan lo que son, dos niños posiblemente hermanos de ascendencia africana, con rostros que expresan esa pícara y traviesa sonrisa que constituyen profundamente la psiquis del hombre y la mujer afro venezolana, que a pesar de las penurias producto de su condición social pudo sobreponerse y compartir su cultura formando parte de nuestra venezolanidad.

Esta sencilla historia que me he atrevido a contarles, tiene atisbos e interrogantes   que motivan mi constante curiosidad de investigador. Por eso me pregunto: ¿Qué motivo a Don Octavio Cerisola a adquirir la escultura? ¿ Por qué  Ángel Cabré realizó una escultura que contravenía las normas de convivencia de una sociedad que aún mantenía visos de diferenciación de estatus sociales?.

Desde mi perspectiva, visualizo esta acción de Don Octavio Cerisola como una afrenta a la sociedad carupanera de ese entonces. ¿Porque no adquirir una escultura con personajes de color blanco?  Fíjense amigos que para el año 1893, precisamente cuando comenzaron a funcionar estas firmas comerciales en Carúpano, un periódico de la localidad conocido como El Correo de Carúpano, en su editorial que data de noviembre de ese mismo año expresaba lo siguiente: “Carúpano está plagado de trinitarios y barbadeños (esto parece una factoría africana) a cada paso nos salen el vagay ucapacé patiní múa…”

Al término de esta narrativa quiero expresarles que, cualquiera de los motivos que impulsó a Don Octavio Cerisola a traer Carúpano a sus negritos, muestra sin duda alguna que supo interpretar el sentimiento humano de un pueblo sumido en un fenómeno de desigualdad social que parece no tener fin hasta el día de hoy. Es que supo valorar la importancia de la dignidad humana al llamar a los negritos Pedro y Pablo, como al pueblo mismo, a ese Juan Bimba que andaba por las calles y que logró subirlos a un pedestal que es el reflejo de nosotros mismos.

Duerme, duerme negrito

Que tu mama está en el campo

Negrito…

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