21 de junio de 2021

Una noche con las ánimas benditas

Historias que entretienen

José Markanox

La gente en el pueblo estaba alborotada, en todo el día no se hablaba de otra cosa sino de la caída del gobierno. Venezuela celebraba, de punta a punta, la huida del General Marcos Pérez Jiménez en la vaca sagrada, su avión particular. Román Hurtado no despegaba sus oídos del pequeño radio portátil que parecía confundirse con sus cachetes por demás grandotes. Había pasado toda la noche de guardia, era vigilante de maquinarias pesadas en una compañía extranjera que construía carreteras y esperaba el relevo de un compañero que no llegaba. En esa espera se hicieron las seis de la tarde, ya el estómago no aguantaba tanto castigo a pan y agua cuando al fin llegó el otro vigilante apurado, diciendo: “cónchale Román hoy te la hice vale”.

El hombre a pesar de lo contrariado que estaba, no quiso discutir por el percance de su compañero y de inmediato salió disparado porque la cosa en la calle no estaba muy buena. Caminaba tan rápido que casi corría por la calle independencia, que era bien larga por cierto; en su cabeza solo veía un plato con arroz, caraotas, pescado salado y una tajada de plátano. De repente, a la altura de la escuela “República de Haití” sus pensamientos se vieron truncados porque a una distancia de tres cuadras una avanzada de soldados se acercaba con muy malas intenciones. Su corazón comenzó a bombear aceleradamente y temiendo que lo confundiesen con algún esbirro del régimen caído, sin pensarlo dos veces, levantó la reja de la alcantarilla de la calle escondiéndose en el acto cual ratón asustado.

El viejo vigilante agradeció a Dios porque los militares siguieron calle arriba sin notar su presencia. Al rato pudo salir de su escondrijo y cuando se disponía a seguir su camino a casa un frío escalofriante se apoderó de su cuerpo y abriendo los ojos como “cataco frito” pudo ver, a menos de diez metros de distancia, que se acercaba un grupo extraño de personas con trajes largos, cubiertos sus rostros y en sus manos luces como cirios encendidos. Román no pudo articular palabra alguna, solo escuchaba los rezos que entre dientes y de manera silbante salían de aquella tétrica aparición. El pobre hombre aterrorizado se persignó encomendándose a la Virgen del Carmen y por instinto se pegó a la pared, colocándose en forma de cruz, para que aquella comitiva sobrenatural terminara sus oraciones.

Para Román el rosario que realizaba aquella visión de ultratumba parecía durar una eternidad, de repente cuando menos lo esperaba se produjo un sepulcral silencio y la comitiva siguió su camino. El hombre exhaló profundamente y mientras su mirada seguía con curiosidad al fantasmal grupo una de aquellas almas desoladas, en figura de mujer, volteo lentamente su cabeza para mostrarle un rostro provisto de una infernal sonrisa que le heló el cuerpo y casi le hizo perder el conocimiento.

Al siguiente día el buen hombre no dudó en visitar al viejo Renato para contarle de su inusual historia. Solo hasta entonces pudo comprender que aquella experiencia sobrenatural  era conocida como Las Ánimas Benditas del Purgatorio, espíritus de personas fallecidas en amistad con Dios pero que necesitaban aún purificación para entrar al paraíso prometido. Según Dante Alighieri el purgatorio es representado por una montaña de siete terrazas las cuales corresponde con cada uno de los pecados capitales.

Dentro del grupo de las ánimas benditas del purgatorio destaca el Ánima Sola, de la cual la leyenda cuenta que está condenada a sufrir la pena de la eterna soledad hasta la consumación de los siglos, es una especie de Judío Errante, ya que ella pertenecía al conjunto de mujeres piadosas de Jerusalén que tenían por tarea atender a los condenados a muerte en El Calvario. Celestina Abdégano le ofreció agua a Dimas y a Gestas, pero por temor a los judíos no quiso darle de beber a Jesús siendo condenada a sufrir de sed y el calor constante en las llamas del Purgatorio. Por eso la vemos en las obras artísticas que representan al Purgatorio, con la imagen de una hermosa mujer de larga cabellera, atadas sus manos con cadenas mientras arde en el fuego.

Ramón Hurtado al escuchar aquella narración se paró de inmediato y dijo: “Carajo compay esa fue la mujer que volteó y me sonrió anoche”.

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